Por qué la izquierda es seductora
y por qué es una fatalidad.
Dilapidaron capital político.
El movimiento de Amlo, un espectro.
Error táctico la demagogia de la “injerencia”
Hace unos días se supo que Estados Unidos canceló la visa de un hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador. El gobierno mexicano salió inmediatamente en su defensa como un asunto de Estado –el poder legislativo y los gobernadores de Morena se sumaron. Este error táctico a dos bandas –no respetar la soberanía americana sobre sus visas, y argumentar injerencia en la soberanía mexicana– vendrá a rubricar el desvanecimiento del sentido de la izquierda mexicana y su percepción misma como izquierda (incluso podría desatar la ira de Trump con nuevos aranceles y aumentar la inflación de por sí insostenible para los mexicanos). Llegaron al poder y el círculo rojo se petrificó, como suele suceder. En cambio la energía que los llevó al poder que llamamos la izquierda, comenzó a desvanecerse en los últimos años en la medida inversamente proporcional en que los miembros del gobiernos, del poder legislativo y judicial comenzaron a vivir en el escándalo, el lujo, y la voluptuosidad.
En el asunto de la visa retirada, se trata del hijo que ha declarado anteriormente que el legado político de su padre –López Obrador– es su patrimonio, con la intención de que se le respeten sus derechos de sucesión. Se dice que es alguien que hasta ahora tiene gran influencia sottovoce en las redes de poder del partido Morena y su gobierno. Inmediatamente acusó, en una carta dirigida a Donald Trump, que quitarle la visa era un acto de injerencia en la soberanía nacional, algo que hizo consenso en la opinión pública de manera instantánea como una apreciación totalmente desquiciada. En la carta también le pidió al presidente de Estados Unidos despedir a su Secretario de Estado de Estados Unidos y a su Subsecretario de Estado por ser quienes, según él, le quitaron su visa. La cereza del berrinche.
El hijo de López Obrador considera que el retiro de su visa es un crimen de lesa majestad por ser el heredero del movimiento que fundó su padre. Y aquí está su problema, que podría terminar por convertirse en una fuente de deslegitimación de la izquierda mexicana actual. Es que con el retiro de su visa y la carta que dirigió a Trump como jefe de Estado americano, quedó de manifiesto el fin formal del movimiento de López Obrador. El mismo del cual su hijo se dice legatario para acceder al poder, y que ahora sus defensores invocan para movilizarse –en una acción abusiva para con los mexicanos– “en defensa de la soberanía nacional”, es decir, en defensa de la visa del hijo de López Obrador. Nadie parece entender que el movimiento de López Obrador terminó en diciembre de 2018 cuando asumió como presidente. Sus lugartenientes han seguido explotando la marca porque de eso viven, aunque en realidad estén desmovilizados y ocupados en destejer la mística y el programa que tenía su propio movimiento. Es hasta ahora, con el asunto de la visa retirada al pretendiente heredero, que debemos considerar que eso es precisamente el punto de inflexión formal de que el movimiento ya no existe. Lo que existe es su espectro, un holograma, un cascarón. En términos reales, no hay ningún legado qué heredar a no ser el prestigio del carisma de Andrés Manuel López Obrador, sus apellidos, y nada más. El único que puede erigirse en legatario de los logros del movimiento es el propio López Obrador al ser su impulsor, su diseñador, su líder, su estratega. Pero el líder está en retiro y un movimiento no se conduce por teléfono ni con mensajeros: eso es propio de una gestión del poder. El movimiento cumplió con su fase exitosa con la presidencia de López Obrador. En adelante podemos llamarlo un modelo pero ya no un movimiento. Además, su contenido no se inventó con Morena en el poder: es obligación de un presidente combatir la pobreza, garantizar la educación, instaurar un Estado de bienestar social. Y, aunque parezca inelegante, recordemos, dadas las circunstancias, que la sociedad mexicana le pagó con sus impuestos al presidente por su trabajo. Primero fue un movimiento, luego fue un trabajo. Claro que quedan, desde luego, las estructuras de poder, las redes de influencia, los compromisos, los intereses, y las ambiciones desmedidas de los depredadores del poder. Pero eso es así con cada presidente, nada nuevo bajo el sol.
El hijo del expresidente López Obrador nunca ha sido funcionario de Estado, y sobre todo, la supuesta agresión americana no es debido a su desempeño por una causa del bien público. Si para defenderlo –pero se defienden derechos humanos y la visa no es un derecho– sus aliados lo hacen desde el gobierno y el poder legislativo, las gubernaturas, los medios que controlan con presupuesto público, y que la misma presidenta Claudia Sheinbaum lidera el sofisma de que se trata de una “injerencia” de Estados Unidos en la soberanía nacional, quiere decir que el movimiento de López Obrador pasó a ser parte el Estado. Eso es lo que percibirá la sociedad mexicana incluidos los ciudadanos de izquierda. Eso rubricará la percepción actual de que se han convertido en una élite igual a la que combatieron al vivir en el escándalo, el lujo y la voluptuosidad del poder.
En el principio era la mística y también el verbo, argumentado con la precisión de un medicamento a una sociedad cansada de la a veces elegante corrupción del régimen autoritario emanado de la Revolución mexicana. En el principio era la pobreza, no sólo de sus seguidores que dieron a veces la vida por el movimiento y que hoy están más pobres, sino también de muchos de sus cuadros, de sus líderes naturales, de sus estrategas, y que hoy viven en el escándalo, el lujo, y la voluptuosidad, aunque no en la elegancia, lo que es una lástima que no tuvieran el cuidado de cultivar: el poder exige elegancia. La mística era la justicia social, el combate a la pobreza, el espíritu de leyes buenas, hacer política con el corazón, políticos ángeles con alas, no mentir, no robar, no traicionar: la más hermosa mística que la izquierda haya tenido jamás en toda América Latina. Y todo pendiendo de un hilo: de un líder, el más extraordinario líder carismático y genio táctico que la izquierda haya tenido jamás en México. Surgido además, de la nada. Que en sus comienzos fue puerta por puerta, sumando uno a uno a sus seguidores, una odisea ésa. Y sacralizado por el mismísimo ejército que lo golpeó públicamente hasta sangrarlo. Más no pudo pedir la generación que vivió ese ascenso casi heroico de Andrés Manuel López Obrador de la calle a la presidencia. No sólo fue que contribuyera a acabar con el detestable régimen autoritario sino fue la redención para millones de mexicanos. Además de la mística tenía un programa, oooooh eso es tener sustancia, un seductor programa lúcido que lo llevó a ser el líder de un movimiento y no sólo un buscador de poder. Es ese movimiento que la izquierda actual reivindica como su programa eterno, sin actualizarlo, sin depurarlo, sin evaluación y seguimiento, sin autocrítica. Y, desde luego, como toda izquierda –o derecha– en el poder, sin honrarlo.
Lo que es natural a las sociedades es que los movimientos sociopolíticos, redentores y geniales que puedan haber sido, dejan de serlo si el grupo que lo lidera llega al poder. Entonces los que lideran el movimiento se convierte en gobierno y su programa, en el Plan de Gobierno. Un movimiento lo es cuando juega en la dinámica de los electrones y átomos dentro de la sociedad y sus objetivos son la crítica al poder y el diseño de un programa para sustituir a ese poder. Cuando todo eso se vuelve gobierno, el movimiento desaparecer para dar lugar, en el mejor de los casos, a un modelo de desarrollo. Si siguiera siendo movimiento entonces quiere decir que no hay gobierno sino que la crítica y el programa –en la que cohabitan objetivos realistas e idealistas– continúa su viaje entre los electrones y átomos en la sociedad, y entonces no habría el equilibro necesario de respuestas a las demandas, pues los miembros del gobierno seguirían entretenidos en su movimiento. De manera que pretender que un movimiento siguen siéndolo dentro del gobierno es imposible, y sería un error táctico si se insiste en considerarlo así. Porque el primer objetivo de un gobierno constituido desde el momento que asume el poder es ese equilibrio dinámico que llamamos gobernabilidad: ahora ya no cuestión al status quo sino que velan por mantener el status quo, es decir, el orden establecido que recibieron o el que ellos como gobierno han instaurado. Por eso el movimiento que lideró López Obrador ya no existe. Lo que existe es su programa traducido en programas sociales o, dicho en términos de Estado, ahora ese programa es una política fiscal extensiva –aumento del gasto público para subsidios sociales. Un programa de gobierno está sujeto a la burocracia del Estado, a la necesidad de reproducirse en el poder del grupo que lo conduce, a las trampas que tienen las tácticas y las estrategias de las políticas públicas que se piensan eficaces –como la concepción arcaica de la política monetaria y la política recaudatoria de la cual dependen el control de la inflación, donde por cierto, siempre comenten el error de no pensar en su prevención. Un programa de gobierno busca alcanzarse dentro de esa dinámica de poder, y no con la movilización social y la movilización política.
También puede decirse que el movimiento de López Obrador no existe ya por una razón más profunda, ética esta vez, y que tiene que ver con la desbandada moral de los lugartenientes de López Obrador. Han volteado la divisa de su movimiento: mienten, roban, traicionan, no en secreto como en el viejo régimen autoritario, sino con máxima publicidad, descaro, cinismo, reclamando trato de salvadores de la patria. ¿Pero qué fue lo que hicieron para merecer eso? No hicieron otra cosa que ganar dos elecciones presidenciales para ejecutar el programa de su movimiento, algo natural en las democracias y por lo que nadie ha reclamado nunca su sacralización. Hacerlo es el derivado de una patología colectiva, nada raro en las élites de izquierda en el poder. Dicho de otra forma, la izquierda que logra llegar al poder sin una cultura de gobierno termina abusando del poder como cualquier depredador de la derecha. Así, por ejemplo, el año pasado el presidente del Senado, militante de Morena, se dejó financiar por Emiratos Árabes un viaje a Palestina y Jordania, algo prohibido por la Constitución. Y los ejemplos pueden llenar páginas.
Las razones tangibles del por qué ya no existe el movimiento de López Obrador es porque al convertirse en gobierno, junto a refrescantes formas de ejercer formalmente el poder, desarrollaron malas formas de gobernar, con mecanismos, agentes, mentalidades y paranoias propias del autoritarismo. La corrupción acompañó desde luego este esquema de pragmatismo, y el partido Morena en el que se institucionalizó el movimiento, comenzó rápidamente a comportarse como una maquinaria electorera y no como una institución electoral constitucional para garantizar que el programa y la mística del movimiento siguiera intacta en el gobierno, contribuir a la educación política de la sociedad, ofrecer los mejores cuadros como candidatos que no robaran, que no mintieran, que no traicionaran. De todas maneras eso es algo muy difícil de cumplir, y es una de las seductoras abstracciones con que se rige la ilusión política que a su vez determina la realidad política –las democracias sobre todo, dependen de que los ciudadanos vivan en la ensoñación de que los jueces son imparciales, los legisladores sabios, las leyes buenas, el presidente una mezcla de Jesús con facultad constitucional de clonación (que todos sus colaboradores son como él de buenos y nobles). Olvidan los ciudadanos que siempre hay tres clases de personas que rodean al presidente: 1) los que quieren que tenga éxito porque lo estiman y lo admiran, 2) los que quieren que tenga éxito porque a ellos les conviene, y 3) los que no les importa si le van bien o mal con tal que puedan operar en su favor y enriquecerse. En la izquierda mexicana de este siglo, hubo más del tipo 2 y 3. Además el presidente López Obrador mostró pragmatismo para sumar al gobierno a corruptos probados, personajes infrecuentables, y máxima tolerancia a la no rendición de cuentas de sus colaboradores de alto nivel. Pudo haber sido una táctica para no ser vulnerable. Sumar a todos a la fiesta, probablemente lo salvó de seguir la suerte de Salvador Allende en Chile en 1973. Esa es la lógica del poder: todo cambia para seguir igual.
El retiro de la visa americana a uno de los hijos del expresidente López Obrador anunciada por éste hace unos días, debe entonces tomarse como el evento que define el fin oficial de su movimiento como bandera discursiva –porque en términos programáticos y estructurales el fin de su movimiento debe registrarse al momento en que asumió la presidencia en 2018. El discurso siempre dura más en el tiempo, donde el lapso en que pasa de ser una ilusión intelectual a demagogia puede durar décadas, gracias al aparato del Estado y su tremenda capacidad de volver el programa de un grupo en el contenido de la educación.
El despliegue del gobierno para la defensa del hijo del expresidente abarcó toda la caballería del partido Morena y sus gobiernos federal y locales, comenzando por la presidenta Claudia Sheinbaum. La presidenta consideró que el retiro de la visa americana al hijo de López Obrador fue una injerencia y violación a la soberanía. Eso nos dice, claramente, que se trata ahí de un grupo que se mueve como gobierno, piensa como gobierno, se defiende como gobierno, porque es un gobierno. No hay ya un movimiento, desmovilizados como están todos los líderes naturales y estrategas, seguidores, conexos y similiares, que ahora forman el cuerpo de un clientelismo de Estado. Cooptados como están en calidad de “estructura” electoral, se encargan de mantener aceitados la aclamación del gobierno y contener el descontento social. Esa “estructura” también coordina programas sociales, siempre con un sesgo electoral.
La izquierda ha dilapidado el capital político que logró con el movimiento de López Obrador. Es un defecto congénito: en el primer congreso del Partido de la Revolución Democrática (importantísmo primer partido moderno de izquierda) a principios de los años noventa, cuando ese partido llevaba dos años de existencia, Porfirio Muñoz Ledo, uno de sus principales fundadores dijo que habían dilapidado el capital político. Se refería a la fuerza y lealtad de millones de ciudadanos lograda durante la campaña presidencial de 1988. Ahora ha pasado lo mismo. La izquierda mexicana, tan seductora como lo es, ha pasado a ser una fatalidad para la vida pública. Y de la izquierda como movimiento –con mística y programa– no queda nada. Lo que quedan son ciudadanos de izquierda, con ideas, intenciones, facultad crítica y argumentativa.
Y la fatalidad es que queda también un núcleo de depredadores del poder que han dejado atrás las formas de la política y se han entregado a la decadencia: a vivir en el lujo, con cinismo, y esperando ser vitoreados como salvadores de la patria.
El asunto del retiro de la visa americana a un hijo del expresidente López Obrador también conlleva otra situación crítica para esta izquierda –a la que de izquierda sólo le quedan los programas sociales. Esa situación crítica es que necesitan manipular altos valores discursivos, sagrados para un Estado y para su sociedad, y que sólo se invocan en casos realmente graves, reales y donde está en riesgo la integridad del Estado, como es el principio de “soberanía nacional”.
El que todos se alinearan en la táctica de declarar una injerencia política y amenaza a la soberanía nacional por parte de Estados Unidos, debido al retiro de la visa al hijo del expresidente López Obrador, que no es funcionario de Estado, puede responder también a una razón instrumental: es la manera fácil para seguir bajo el áurea protectora de López Obrador, quien ve con buenos ojos que sus hijos sean considerados herederos de su legado –en realidad de su entramado constituido de estructura electoral y clientelista pero no su movimiento como siguen publicitando–, y evitar personalizar la defensa por si eso significara quedar comprometidos más adelante. Saltar del asiento porque la soberanía está en riesgo por una acción a su vez soberana de Estados Unidos –como es el retiro de una visa– es volver abstracto ese acto –el de un país sobre un ciudadano. Si fuera así, sería la jugada más inteligente jamás vista en lo que va de este siglo en el sistema político mexicano. “La indignación por la amenaza de la soberanía es algo que ninguno de los que la vociferan lo creen en verdad. El coro es masa, y la masa suele decir que se equivocó o que la manipularon cuando, enfriadas las aguas, se le piden argumentos. El coro actual de gobernadores, legisladores, funcionarios menores y mayores, incluida la Presidenta Claudia Sheinbaum, indignados según ellos por el ataque a la soberanía nacional que significa el retiro de la visa americana a un diletante, hijo del expresidente López Obrador, no es un movimiento, ni una fuerza política en sí. Es una burbuja dentro de una burbuja: el coro siempre avanza hacia el silencio y la soberanía es una bandera que se deshace fácilmente en el aire. En este tema de la soberanía opera una pequeña ley de la termodinámica política: cuando se enarbola para adornar las virtudes de los que detentan el poder –tipo “Las acciones de gobierno han fortalecido la soberanía nacional”– todo el mundo sabe que es demagogia, y cuando se enarbola como bandera del nacionalismo porque un país “ataca” a la soberanía nacional, también es percibida como demagogia. De ahí que la defensa del coro del hijo del expresidente elevándolo a tema de Estado en realidad podría ser un mensaje: Nosotros vivimos de lo abstracto –la soberanía, el espíritu de las leyes, los símbolos patrios, los héroes– y de su tremendo poder seductor en la población, porque lo abstracto es colectivo, es el Coro en sí. Sólo lo ilícito es concreto.





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